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El mar que me enseñó a mirar

Hoy es el 9 d'octubre y toca mirar un rato hacia casa.

Yo me crié en un pueblo marinero de la Marina Baixa, de familia de la Vila Joiosa, ese pueblo de casas de colores que, según cuentan, se pintaron así para que los pescadores reconocieran la suya desde mar adentro. No sé si es verdad o si es una de esas cosas que se repiten porque son bonitas, pero me gusta pensar que lo primero que aprendí de la imagen lo aprendí de ahí: que el color sirve para encontrar el camino de vuelta.

Aprender a mirar lo que ya tenías delante

Cuando empecé a hacer fotos no me fui lejos. No hacía falta. Bajaba a las mismas rocas donde había pasado los veranos enteros de crío, esas que te conoces de memoria porque te has despellejado las rodillas en todas, y resulta que allí había algo que no había visto nunca. O que había visto mil veces sin mirarlo.

Lo que cambia no es el sitio. Lo que cambia es la hora. La primera vez que me levanté de noche para estar en la orilla antes que el sol, entendí de golpe por qué los pescadores de mi pueblo se levantaban a esas horas sin queja. A esa hora la mar no es un paisaje, es una cosa que está pasando.

Panorámica desde una falsa cuevecita en la cala del Xarco

De todas las fotos que he hecho, la que más quiero sigue siendo de aquí: The Rocky Window, en la Vila. Un hueco en la roca que llevaba ahí mucho antes que yo y que seguirá cuando yo no esté, y que durante unos minutos concretos de unos días concretos del año te deja contemplar la magia. Hay que ir, esperar, y a veces volverse a casa sin nada. Eso también lo aprendí aquí.

El confinamiento, y lo cerca que estaba todo

Hay dos fotos que no puedo mirar sin acordarme de aquella primavera rara: Confinement Days (I) y Confinement Days (II), hechas en Finestrat, a un rato de casa.

Durante aquellos meses el mundo se nos quedó del tamaño del barrio, y fue justo entonces cuando me di cuenta de la cantidad de cosas que tenía a tiro de piedra y que nunca había fotografiado porque estaba pensando en irme a otra parte. Lo de siempre: queremos la montaña de lejos teniendo la nuestra ahí detrás.

El Puig Campana desde Serra Cortina

Y la nuestra es el Puig Campana. Si te has criado en la Marina Baixa no necesitas que nadie te la señale: es esa montaña que se levanta sola, sin cordillera que la disimule, con un boquete enorme recortado en la cresta oeste. El Portell de Roldán, le llaman. Cuentan que Roldán lo abrió de un mandoble, y que el trozo que falta salió volando hasta el mar y ahí se quedó, convertido en la isla de Benidorm. Es mentira, claro, pero es una mentira que te explican de crío y que te deja mirando la montaña de otra manera para siempre. No hay otra igual, y la tenía a quince minutos de casa.

De noche también es nuestra

Luego vino la obsesión de las noches. Shining in the Shortest Night, en la Vila, la noche más corta del año. Our Galaxy from the Old Castle, con la Vía Láctea por encima de un castillo en pleno valle de Guadalest, al pie de la Serra d'Aitana, que lleva siglos viendo pasar cosas. Window to the Sea, desde dentro de una cueva, con las estrellas colándose por el agujero.

Y las que son puro mediterráneo de manual, sin disimulo: Drive Me to the Warm Sea, Some Warm Light in the Blue Morning con el Penyal d'Ifac de Calp al fondo, o el faro con la luna de fresa.

Gràcies, terreta

Si he acabado haciendo fotos de paisaje es porque crecí en un sitio donde el paisaje te entra por la ventana. No lo elegí, me tocó, y menuda suerte.

Así que hoy, que es el día, lo dejo escrito: todo lo que sé de la luz lo aprendí mirando esta costa. Si te apetece ver el resto de lo que he ido trayendo de por aquí, está en País Valencià.

Bon 9 d'octubre.